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EL «PROYECTO SOCIAL» DE UNA IZQUIERDA QUE HA PERDIDO EL NORTE (1)

¿Hacia dónde nos encaminan nuestros dirigentes políticos? ¿Cuál es el proyecto que tienen para nuestra sociedad, para nuestro destino colectivo? Cuáles son los horizontes colectivos que nos proponen y los valores y fundamentos en los que se basan?

Para comprender lo que está sucediendo actualmente en España, de forma soterrada, casi imperceptible, no visible a una mirada superficial y epidérmica de la realidad, necesitamos disponer de ciertas claves interpretativas. Jaime Mayor Oreja, europarlamentario y ex ministro del Interior, en conferencia pronunciada el pasado 15 de febrero en Murcia titulada «Crisis de valores, diagnóstico del relativismo» nos da algunas de las claves para entender qué nos está pasando y los vericuetos de la época que estamos viviendo. El conferenciante nos brinda algunas pistas para ello. Vean y juzguen ustedes mismos. En sus manos está la interpretación última de las mismas.

Constituye un grave error no saber comprender la realidad del momento histórico en el que se vive, mostrarse incapaz de superar la visión del día a día para elevarla a una visión de conjunto que nos permita profundizar en las raíces de un diagnóstico global de la realidad.

¿Cuál es el diagnóstico de la realidad de nuestra sociedad en su conjunto, de la realidad de Europa y de la realidad de España?

Los males de esta época se derivan de un largo proceso vivido por el mundo occidental, un proceso de progresiva relativización de los valores, las creencias y las convicciones.

No sólo vivimos una crisis económica. Vivimos una crisis de valores. Estamos viviendo un auténtico cambio del modelo de sociedad.

Durante años, la izquierda europea, bajo el paraguas del progresismo y el socialismo, quiso modificar nuestro orden social y económico.

Quiso imponer un supuesto modelo alternativo. Y fracasó allá donde gobernó. Y, ante ese fracaso, asumió una nueva estrategia: ya no se trataba de imponer un modelo alternativo. Se trataba, simplemente, de instalarse en la ‘nada', de instalarse en el triunfo del relativismo.

Puso en pie una nueva concepción de la democracia. Decidió que no hay nada más democrático que no creer en nada, que relativizarlo todo, convirtiendo ese vacuo relativismo en la máxima expresión de la libertad.

Ésa es la doctrina del relativismo. Un auténtico movimiento de ‘ingeniería social' que busca crear un nuevo modelo de ciudadanos.

Por Jaime MAYOR OREJA

A la hora de afrontar cualquier problema, cualquier dilema o cualquier realidad, es imprescindible llevar a cabo, como punto de partida, un correcto diagnóstico de la cuestión que queremos afrontar. Ninguna conclusión, ninguna propuesta, ninguna reacción será acertada si no se toma a partir de un diagnóstico profundo y correcto de la realidad. Y esta afirmación es igualmente válida si afrontamos un problema, una realidad, desde el punto de vista del político, del filósofo, del sociólogo o del académico.

La Historia nos ha enseñado que el mayor error que puedan haber cometido en el pasado y que podamos seguir cometiendo quienes, de una u otra manera, tenemos responsabilidades públicas radica siempre en no saber comprender la realidad del momento histórico en el que se vive.

En ese sentido, nuestro mayor adversario es, a menudo, nuestra propia incapacidad de superar la visión del día a día para elevarla a una visión histórica y de conjunto que nos permita profundizar en las raíces de un diagnóstico global de la realidad.

Y es ese diagnóstico el que hoy querría compartir con ustedes: un diagnóstico de la realidad de nuestra sociedad en su conjunto, de la realidad de Europa y, de manera más concreta, de la realidad de España. Para ello, querría partir de una reflexión de carácter general. Hemos vivido una década, el período 2000/2010, que tuvo un terrible comienzo. En el año 2001, el mundo occidental sufría el ataque terrorista más terrible de la Historia, el atentado de las Torres Gemelas. Un suceso que ha tenido una influencia determinante, que ha marcado nuestras vidas a lo largo de estos últimos años.

Y esa década está teniendo también un terrible final: la profunda crisis económica y financiera en la que estamos sumidos. Y ante estas realidades debemos plantearnos y reflexionar en torno a una serie de cuestiones: ¿Es sólo una coincidencia que a lo largo de esta década al mayor ataque terrorista de la Historia le haya seguido la peor crisis económica en décadas? ¿La crisis que estamos viviendo es solamente una crisis económica y financiera? ¿Por qué los terroristas se han atrevido a atacarnos donde nunca antes lo habían hecho, en el corazón mismo de nuestros países, por así decirlo, en nuestro propio hogar?

¿Son estos ataques terroristas la principal causa de la crisis o son consecuencia de una crisis que ya padecíamos? ¿El terrorismo es causa o consecuencia de la crisis? Ésa sería, a mi juicio, la primera reflexión que habría que hacerse. Deberíamos reflexionar si Europa y el mundo occidental en su conjunto no se había vuelto más débil, más vulnerable ante las amenazas externas, como el terrorismo, por una crisis previa, una crisis que afectaba y afecta a la misma esencia de ese mundo, a los principios y los valores que lo sustentan. Del mismo modo, debemos igualmente plantearnos si esa misma debilidad moral, esa debilidad en sus valores, es igualmente la causa de que al ataque del terrorismo le haya seguido la llegada de una profunda crisis económica.

Progresiva relativización de los valores, las creencias y las convicciones.

A mi juicio, en el corazón de esta década anida un problema previo a la misma. Los acontecimientos de esta década se derivan de manera directa de un largo proceso que ha vivido en su conjunto el mundo occidental, un proceso de progresiva relativización de los valores, las creencias y las convicciones.

El mundo occidental es testigo impasible de cómo sus propios dogmas, sus propias referencias, se han ido derrumbando, se han ido debilitando, han entrado en crisis, en una crisis de orden moral, que nos ha hecho más débiles y más vulnerables, ya sea ante la amenaza externa del terrorismo, ya sea ante nuestros propios errores, que nos han llevado a la actual crisis económica y financiera.

Somos más débiles, más vulnerables, desde el punto de vista moral, desde el punto de vista de nuestras convicciones, nuestros principios y nuestras referencias. Somos, en definitiva, víctimas de nuestro propio relativismo colectivo e individual.

Hay nuevos poderes en el mundo que están emergiendo a partir de valores radicalmente opuestos a los nuestros, a la cultura occidental. La prosperidad, la riqueza, el bienestar y la competitividad que antes eran patrimonio exclusivo del mundo occidental, se han de compartir ahora con nuevas potencias que han cambiado el escenario económico global.

Y nuevas amenazas han emergido con inusitada fuerza. El terrorismo yihadista, por un lado, o los nuevos regímenes políticos que han surgido en América Central y del Sur, por otro, son claros ejemplos de un nuevo orden, de un nuevo escenario, donde valores muy diferentes a los nuestros van extendiéndose mientras nosotros continuamos sumidos en la crisis de nuestro propio sistema moral, social, económico y político.

Lo que se ha vivido recientemente en Estados Unidos, con los resultados electorales de un Estado tradicionalmente demócrata, sólo un año después de un cambio inédito e histórico, es muy significativo. Como lo son también los últimos datos económicos europeos, que reflejan la confusión y la incertidumbre ante la crisis.

No sólo vivimos una crisis económica. Vivimos una crisis de valores. Yo creo que no estamos viviendo solamente un tiempo de crisis. Estamos viviendo un auténtico cambio del modelo de sociedad. Y es un cambio global, con nuevas amenazas y nuevos competidores globales.

Y es precisamente esa debilidad nuestra lo que los alimenta.

Una mirada a la realidad de Europa.

Y ese diagnóstico general puede concretarse, en primer lugar, si echamos una mirada específica a la realidad de Europa.

La Historia de la Unión Europea ha sido siempre la historia de un éxito. Un éxito frente a la tragedia de las guerras mundiales. Un éxito frente al fanatismo y el radicalismo de los regímenes comunistas que dejaron las grandes guerras. Un éxito frente al ancestral enfrentamiento entre las grandes potencias del continente. Un éxito, en definitiva, de la libertad.

Históricamente, Europa aportó grandes líderes que supieron afrontar y superar los momentos de tragedia. Líderes como Churchill o Adenauer, líderes que provenían tanto de los vencedores como de los vencidos, surgieron de los momentos de tragedia para impulsar a Europa a salir de esa tragedia.

La Historia europea nos enseña que la crisis puede ser la antesala de la tragedia. Por ello, lo que Europa necesita ahora mismo pueden ser quizás líderes, pero en todo caso lo que sin duda necesita Europa es ser capaz por sí misma de evitar, precisamente, que la crisis derive en tragedia.

¿Cuál ha sido la realidad de Europa a lo largo de los últimos años? Durante años, la izquierda política europea, bajo el paraguas del progresismo y el socialismo, quiso modificar nuestro orden social y económico. Quiso imponer un supuesto modelo alternativo. Y fracasó allá donde gobernó. Y, ante ese fracaso, asumió una nueva estrategia: ya no se trataba de imponer un modelo alternativo. Se trataba, simplemente, de instalarse en la ‘nada', de instalarse en el triunfo del relativismo.

Tras el fracaso de su modelo, la izquierda europea puso en pie una nueva concepción de la democracia. Decidió que no hay nada más democrático que no creer en nada, que relativizarlo todo, convirtiendo ese vacuo relativismo en la máxima expresión de la libertad. De acuerdo con esa tramposa concepción moral, se parte de un falso principio: para que una persona sea auténticamente libre, lo más importante es que no crea en nada o casi nada. Las creencias, los principios, los sistemas morales, las convicciones no son más que límites y obstáculos a nuestra libertad.

Doctrina del relativismo

Ésa es la doctrina del relativismo. Un auténtico movimiento de ‘ingeniería social' que busca crear un nuevo modelo de ciudadanos. Ya no se trata de buscar viejos y fallidos postulados de la izquierda que buscaban ‘liberar al hombre de las ataduras de unas estructuras económicas opresoras'. Ahora se adopta como objetivo el liberar al hombre de ataduras más profundas, ligadas a la misma esencia de la naturaleza humana. Como ha señalado el propio Benedicto XVI en su encíclica Cáritas in Veritate se le otorga a la cuestión social un carácter y un matiz ‘antropológico'.

De este modo, a partir del fracaso de sus viejos postulados y la transformación de éstos en la defensa de la ‘nada', la izquierda europea se convierte en la gran promotora del relativismo moral. Y este proyecto de extensión y contagio de la ‘nada', del relativismo, que sin duda vive hoy Europa, es aún más peligroso que el comunismo y el autoritarismo. De esos males, por el momento, ya estamos vacunados. De la contagiosa plaga del relativismo, todavía no.

La doctrina del relativismo se asienta además en una serie de características que la hacen particularmente atractiva. En primer lugar, la defensa del relativismo se viste con un atractivo disfraz de exaltación de la libertad. Las obligaciones no existen. La eliminación de las obligaciones y las responsabilidades se presentan en un bonito envoltorio, como si se tratara de la ampliación o la creación de nuevos derechos. En segundo lugar, esa creación de falsos derechos se adorna más aún gracias a una manipuladora utilización del lenguaje. El relativismo crea un nuevo lenguaje, una nueva jerga, que lo hace atractivo e imbatible ante la opinión pública. Así, ya no hablamos de aborto sino de salud reproductiva y derecho de las madres a decidir. Ya no hablamos de eutanasia, sino del derecho a morir dignamente. Ya no hablamos de adoctrinamiento, sino de educación para la ciudadanía. Suprimimos obligaciones y responsabilidades. Creamos supuestos nuevos derechos. Y ponemos las bellas palabras al servicio de esa estrategia.

Y, en tercer lugar, la tercera característica de la doctrina del relativismo es su transversalidad. Es una doctrina que, en su capacidad de contagio, se extiende por todos los países europeos y supera y traspasa las ideologías. En ese sentido, tanto desde el punto de vista territorial como ideológico, el éxito del relativismo radica en que nunca sabemos dónde tiene sus líneas fronterizas. Es evanescente en su enorme capacidad de expansión y contagio. Nos alcanza a todos, se confunde a menudo con nuestras lógicas y normales limitaciones, y nos hace dudar en numerosas ocasiones.

La capacidad expansiva de esa doctrina relativista, que es un proceso de larga duración, se nutre de esa transversalidad, de no identificarse con unas siglas concretas o con un partido político concreto, impregnando así con mayor facilidad al conjunto de la sociedad, bajo la falsa apariencia de no corresponderse con una opción política específica.

Ésa es la doctrina que impera en la Europa de nuestros días. Una doctrina nacida de una izquierda que quedó desorientada, que perdió su rumbo y sus objetivos tras la caída del Muro de Berlín.

Pero, a fin de ser justos y objetivos en el diagnóstico, hay que añadir que el éxito de esta doctrina no es exclusivo de esa izquierda redefinida. El relativismo ha encontrado su caldo de cultivo en dos realidades indiscutibles. La primera, la indolencia, la comodidad de nuestra sociedad. El relativismo surge y se extiende en una sociedad sumida en una crisis de valores. Durante años, Europa y sus ciudadanos han visto crecer sin fin su calidad de vida, su bienestar. Y eso nos ha hecho cómodos. Hemos llegado a creer que merecíamos ese bienestar de manera natural y espontánea, sin que el mismo fuera el fruto de nuestro propio esfuerzo. Hemos abandonado valores como el sacrificio personal, el esfuerzo, el compromiso, la responsabilidad y la prudencia. Nos hemos olvidado de la austeridad. En la fábula de Esopo, nos habríamos convertido en indolentes cigarras en lugar de en laboriosas hormigas.

Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y eso, a la postre, conduce a una sociedad débil, aletargada y acomodaticia en que una doctrina basada en el ‘todo vale' encuentra su mejor escenario para expandirse.

La segunda realidad es que no hemos sido capaces de presentar resistencia frente a los defensores del relativismo. Quienes propugnan ese relativismo han sabido hacer creer a la sociedad que aquéllos que defienden valores y principios no son, en realidad, buenos demócratas sino tan sólo dogmáticos, radicales y fundamentalistas.

Ese ambiente, hábilmente creado por los voceros del relativismo, ha generado un cierto miedo reverencial a discrepar de lo que es una moda supuestamente dominante, la de la socialización de la nada. Esos defensores del relativismo ya no necesitan hacer la revolución social sino servirse de la comodidad de la sociedad, de un aletargamiento colectivo que es su principal aliado y su mayor soporte. Buscan la transformación de la sociedad desde esa comodidad, desde la esclavitud de los políticos a las encuestas de opinión.

Crisis de valor

Y ello ha conducido a que, en muchos, la crisis de valores (en plural) se acabe traduciendo en una crisis de valor (en singular) a la hora de atreverse a hacer frente a esa moda de la nada y de decir y defender aquello en lo que íntimamente creen. Porque el relativismo alimenta la osadía de unos y la falta de valor de otros. Por ello, nuestro temor, nuestra preocupación ante esta siniestra estrategia no es ya tanto la revolución en sentido histórico: es el suicidio de nuestra sociedad.

A la hora de analizar la realidad europea, no debemos caer en falsos espejismos. Es verdad que el muro de Berlín cayó, que el socialismo ha fracasado en el orden económico y político en las principales naciones europeas. Pero no nos equivoquemos. Este movimiento relativista que acabo de describir sigue avanzando en el diseño de una sociedad a su medida, alejada de principios y convicciones.

Hoy es mucho más fácil estar a la vanguardia de la lucha contra el cambio climático que posicionarse en la defensa del derecho a la vida o la defensa de la Nación. Y les pongo un claro y reciente ejemplo. Cuando Nicolas Sarkoszy ha defendido una posición de vanguardia en la lucha contra el cambio climático, no ha tenido problemas. Ahora bien, cuando abre el debate de la identidad de Francia se le multiplican las complicaciones.

Dentro de esta realidad, común a toda Europa, ¿cuál es la realidad, qué sucede en España?

Fuente: Paginas digital.es http://www.paginasdigital.es

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